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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Sobre escritores y escritorios
16 de enero del 2008
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
SOBRE ESCRITORES Y ESCRITORIOS
   
     
a José Saramago, por una pronta recuperación
   
     
Gerardo Oviedo    
     
     

Escritores hay que tienen un compromiso consigo mismos y con el mundo que les rodea: justicia, libertad y democracia son sus banderas. José Saramago, además de ser un extraordinario escritor, fabulador y moralista que no deja moraleja sino preguntas que tienden hacia los valores de bondad y poesía dentro de la catástrofe, es un extraordinario ser humano. Comprometido con la forma humanística del postmodernismo:

Aquel que siendo oriundo de algún país, fluye por sus venas la globalización de preocuparse por los acontecimientos en cada uno de los rincones del planeta y no sólo de nacionalismos arcaicos. Así lo hizo cuando expuso opiniones críticas acerca del hambre que padecían algunos pueblos de África como Somalia y que era inconcebiblemente absurdo que se gastara más en armamento militar que en comida. También cuando visitó las comunidades indígenas en Chiapas y no tuvo miedo al decir lo que pensaba en apoyo, en ese entonces, al EZLN y su reivindicación de esos pueblos. También cuando escribió que era aberrante la pena de muerte en cualquier parte del mundo, ya sea Estados Unidos, Irán, China o Cuba. Que el ojo por ojo no es una solución sino un problema. Así como se opuso a la guerra fraticida en contra de Afganistán e Irak.

 
Escritor que tiene, además del don de la novela en la pluma, la sabiduría necesaria para comprender la condición humana de raíz y hacernos entender un poco más de esa burbuja en que a diario colapsa el ser humano dentro de la sociedad. Por otro lado, están los escritorios, aquellos escribanos que se ufanan de la cuadratura de sus mesas y se regodean con la altura de sus frases limadas hasta el tuétano. Escritorios que utilizan el mercantilismo literario para pavonearse de la impronta gloria que quieren ver aparecer a la vuelta de la esquina. Aquí en México sobran los ejemplos. Sólo el tiempo dirá que quien nace para escritorio, de la pluma no pasa. ¡Salud y vida eterna, maestro Saramago!

 
TODA LA RABIA DEL MUNDO

PARTE 30
"Todo el que sufre la injusticia es responsable de su situación,
pues la revolución es un elemento esencial
que debe distinguir al hombre en todo momento."
Malika Assimi

73.
Todos traicionamos tarde o temprano a alguien. La traición es como el instinto sexual: se lleva implícito en cada una de nuestras células y está latente hasta que encuentra la ocasión necesaria o innecesaria para desatar sus impulsos y librarnos tal y como los creyentes se libran de los deseos: a través de los pecados.
 
A veces se traiciona sin querer, otras, con toda alevosía y ventaja, se dejan caer los cuchillos traicioneros sobre los corazones rotos, pero las más de las veces, se traiciona porque no sabemos ser fieles ni siquiera a nosotros mismos. ¡Por aquí no es donde vives!, le dije a Rebeca Galindo cuando la camioneta todo terreno que conducía Raquel Braile se detuvo en un campo baldío que llegaba hasta una barranca y algunos árboles enjutos a las afueras de la ciudad. Hace un momento me había preguntado ¿qué habían hecho el Perlotas y el Barcelona para merecer ese secuestro (como si alguien hiciera algo para merecer un secuestro)? Pensaba que tal vez la italiana Francesca era la responsable y quería cobrar las facturas con que nos había amenazado en el estadio de béisbol. Y por ir tratando de sacar alguna clase de respuesta no me di cuenta que Raquel había tomado no hacia la parte elegante y cuidada de la ciudad, sino que había enfilado el vehículo por una desviación hacia uno de los puentes que conducen hacia los suburbios pobres, más allá de dónde las casas comienzan a convertirse en láminas galvanizadas tostándose bajo el sol, calles repletas de miseria y montones de basura habilitados como elementos aromáticos del paisaje. Pero ellas no dijeron nada. Raquel apagó el motor mientras Rebeca seguía jugueteando nerviosa con sus manos. ¿Qué chingados hacemos aquí?, alcé la voz para tratar de impresionar a las mujeres del Perlotas y del Barcelona. Después de todo, suponía que el volumen alto podía ser un elemento disuasivo para amedrentar, pero luego recordaría que había un refrán insolente que demeritaba al mundo canino: Perro que ladra no muerde. Y yo había ladrado muy alto. En ese momento habló Raquel, parecía más nerviosa que cuando estaba jalándome los pelos afuera de mi casa increpándome acerca de la italiana y los sucesos en el estadio de béisbol: ¿Lo haces tú o lo hago yo?, preguntó. Yo por supuesto no tenía la menor idea a qué se refería así que modifiqué mi pregunta inicial hacia un ladrido más fuerte y gutural: ¿Qué chingados se traen entre manos, eh?, pero en ese momento Rebeca Galindo contestó retorciéndose aún más las manos: ¡Yo no puedo! ¡Hazlo tú, Raquel!
 
Y, como en las películas de espías o del bueno contra todos los malos, donde a cualquiera se le da un golpe en la nuca y se desmaya de inmediato, al mismo tiempo que miraba las manos de Rebeca Galindo retorcerse, sentí un cachiporrazo en la parte trasera de mi cabeza dado por Raquel, pero como las películas son falsas y todas usan efectos especiales y dobles de riesgo yo no sólo no me desmayé, sino que grité al tiempo que me llevaba la mano para sobarme el chichón recién hecho: Ay, ¡duele! Dale otro que sigue hablando, oí que gritó Rebeca. Y sentí de nuevo otro golpe. Y otro más. Y otro: Perdónanos, pero es por el bien de nuestros esposos, oí que dijo alguna de las dos. Yo creo que fue como hasta el quinto garrotazo cuando sentí como una gran loza oscura caía sobre mis parpados y en un dos por tres vi estrellitas antes de desvanecerme y no ver nada más. Como no vi nada aquel día, cuando Sofía convocó a junta urgente para señalar que dentro de nuestra organización clandestina de aprendices de guerrilleros ambulantes y anexas había un traidor y que por eso la revolución no daba señales de ir mejorando en salud.  En ese momento la saliva se me evaporó de los labios y mi boca se convirtió en un desierto asfixiado por mis pulmones estrepitosos. Yo sólo amo a Sofía, estaba pensando para tratar de defenderme de los cargos sumarios que seguramente me serían imputados en breve, todo fue por amor, seguía elucubrando como posible defensa. 
 
Porque por amor, pensaba, se vale traicionar a medio mundo. Por amor se cometen las peores tonterías y se desatan las más sublimes tragedias. Por amor, el sueño se desvanece por las noches y la respiración colapsa en forma de suspiros dentro del pecho. Por amor se mata y se muere mirando las estrellas. Por amor era capaz de decirle a toda esa bola de cretinos que yo era el único que en verdad amaba a la comandanta Sofía y que todos estaban equivocados. Que ellos no tenían la menor idea de qué era eso. Que ellos solamente querían tocarle las curvas y penetrar en su sexo. Y ahí, entre mis alucinaciones sudorosas de marrano enamorado, me veía pidiéndole matrimonio a Sofía en medio del consejo de guerra, arrodillado: Comandanta Sofía, sé que me van a fusilar, pero antes de eso pido un último deseo: Cásate conmigo y vámonos lejos de aquí. Pero inmediatamente imaginé la respuesta de ella. Respuesta que me aterrorizó de tal manera que empecé a caminar de espaldas hacia la salida: Eres un granuja, mi estimado, te detesto y te repudio. Nunca vas a poder merecer a alguien como yo. De hoy en adelante serás el enemigo público número uno de mis pupilas. ¡Y no, no me voy a casar jamás contigo!, ¿entendiste, maestro? Y antes de ejecutarte, ¿dinos donde está el cañón que robaste? Cuando mi espalda tocó la puerta de salida en mi huida de cangrejo. Abrí lentamente el picaporte y con toda la pena del mundo, mientras Sofía seguía hablando acerca de que traición y revolución son como agua y aceite, me escabullí y eché a correr hasta derrumbarme en la banca de un parque a millones de años luz de mi amada Sofía.
 
74.
¿Será que el pasado siempre te condena? Que pudiste haber tenido una vida ejemplar, feliz, y que por una sola vez en que caíste en tentación todo tu mundo se derrumba. ¿Y que toda la felicidad que pudiste generar es opacada por ese solo y exclusivo incidente?  Cuando abrí los ojos no vi nada. Tenía una venda en los ojos y las manos amarradas por la espalda. Estaba tirado en un suelo que se movía de un lado para otro. Inferí que debía hallarme dentro de un vehículo y que éste rodaba por calles llenas de baches. Oí unas voces que cuchicheaban, pero no se entendía nada, salvo unas cuantas palabras sueltas.  No podía tampoco proferir sonido alguno, ya que llevaba amordazada la boca con cinta plástica. Me dolía la cabeza y me punzaban los tres o cuatro chichones que me había sacado Raquel en la camioneta todo terreno de Rebeca. Supuse que yo era parte del trato con los secuestradores y que estaba perdido, o que mínimo iría a perder alguna extremidad si no es que la cabeza completa: Los tiempos que corren son violentos, señor. Me decía el vendedor de revistas de la esquina cuando alguna semana compraba el periódico para buscar empleo, es tan fácil morir en estos días que es mejor santiguarse a cada rato, señor.  Y yo que voy a ser padre y no veré a mi hijo crecer, pensé de momento. Pero luego recapacité y me di cuenta que en verdad no me importaba nada y que lo que acababa de pensar era más una pose histriónica para hacerme mucho más melodramática mi situación y sentirme una víctima en toda la extensión de la palabra. Como no me importaba años antes la suerte que había corrido mi hermana Anaís al otro lado del planeta. Sólo me importaba que yo estaba muriendo de hambre por falta de mi madre que andaba cosechando triunfos personales en Venecia. Y, cuando ya estaba punto de fallecer por falta de comida, fuego y abrigo, mi madre regresó. Así es, regresó. Yo estaba literalmente convertido en un cavernícola: mi taparrabos lo había hecho con unas chamarras de piel de mi extinto padre, mis botas eran unas chanclas a las que les había cosido unas estolas de mi hermana Clara. Mi lanza de cazador era un palo de escoba que tenía amarrado en la punta un cuchillo. Porque en mis ojos paranoicos veían que las ratas pululaban por todas partes y había que defenderse a como diera lugar de ellas, las malditas ratas dientes de sable. Mi madre no tocó el timbre. Sino que metió la llave en la cerradura. Yo oí el crujido de la puerta y me puse en posición defensiva. Enarbolé mi lanza y esperé tras mi barricada para atacar al posible intruso (barricada compuesta por el sillón de la sala, dos sillas y una sábana que servía para taparme por las noches.) ¡Santo dios!, exclamó mi madre al momento en que abrió la puerta de par en par y la lanza pasó zumbando a su lado y fue a estrellarse sobre unas de sus maletas de viaje que estaban apiladas en la calle (ahí comprendí que era un pésimo cazador, si ni siquiera le pude dar a un objeto tan grande como lo era mi madre, con razón las ratas dientes de sables se reían de mí en mis barbas). ¡Cristo bendito! ¿Qué has hecho con la casa?, seguía imprecando mi madre mientras se quitaba las telarañas de la cabeza y esquivaba los objetos que permanecían tirados en el suelo desde que ella se había marchado a Europa. Pero en vez de correr a abrazarme y ver que este desahuciado hijo suyo aún permanecía con vida, lo que hizo me dejó frito: Tomó una jarra de plástico con la cual había tropezado y se dedicó a perseguirme a través de mi barricada (que por cierto no sirvió de nada) y a darme de jarrazos mientras ordenaba: ¡Quiero la casa bien limpia! ¡Me entiendes! ¡Bien limpia! ¿Qué hice, dios mío, para merecer un hijo tan webón? ¡Ayúdame, dios mío! Semanas más tarde, y cuando mi madre ya había pulido pisos, limpiado paredes y quitado telarañas del techo, recibí otra postal de Anaís: “Hermanito, estoy camino a Francia. La editorial Gallimard ya tiene listo mi primer libro. Estoy feliz pero a la vez también estoy triste. Me hubiera gustado festejar con Jacques pero desde hace meses que no sé nada de él. Ahora sólo me da alegría saber que tú compartirás mi felicidad. Ellos pagaron mi boleto de avión. Durante este tiempo he comprendido tantas cosas que he comenzado a escribir como loca. Y es tanto mi frenesí que mi mente viaja más rápido que mi mano y a veces no me alcanza el tiempo para transcribir todo lo que estoy pensando. Te escribo en cuanto llegue y mire el mundo desde la torre Eiffel. Por cierto, ¿sabes algo de mamá? Lo último que supe por medio de Jacques es que se había vuelto a enamorar. Pero desde que Jacques partió, ya no sé nada. Te quiero y te extraño mucho. Anaís.” Al día siguiente escribí una carta de contestación que sólo contenía una pregunta pero que no envié porque no sabía a donde estaba mi hermana Anaís: “¿En serio te pagaron un boleto de avión por las mamadas que escribes?”  No lo podía creer, como no pude creer lo que había leído dos días después de mi huida de los brazos de Sofía: un número indeterminado de estudiantes revoltosos que intentaban hacer la guerra en contra del estado y las buenas costumbres del país habían sido apresados en una casa para estudiantes universitarios. ¿Quién los habrá traicionado?, pensé mientras leía el reportaje donde se pormenorizaba el enfrentamiento entre los granaderos y los estudiantes. Se veía una foto del chavo de la segueta con golpes en el rostro y siendo conducido a una vagoneta policial, en otra fotografía aparecía el gordinflón al lado del chavo escurrido que estaba esposado dentro de la furgoneta, pero de Sofía, mi amada, mi amor, mi vida, el periódico no decía nada. Sólo que algunos habían logrado escapar por los techos a través de cuerdas para tender ropa pero que pronto serían apresados y puestos a disposición de la autoridad competente para su eliminación inmediata de la sociedad por considerárseles elementos gachos, feos e indeseables. Con los ojos vendados y las manos amarradas pensé que tal vez Karla había mandado a secuestrarme y que todo era un ardid para caer en sus redes de viuda negra.
 
(Continuará la próxima semana)

 
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