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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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Sobre héroes de película
16 de enero del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
SOBRE HÉROES DE PELÍCULA    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

 —¿Que pasó, mi góber precioso?
—¡Mi héroe, Chingao!
—¡Nooo! ¡Aquí tú eres el héroe de esta película, papá!”
Kamel Nacif y Mario Marín Torres

   
     
     

Mientras el estado de Puebla siga siendo gobernado por personajes como el Góber Precioso, el estado de derecho no podrá ser restituido a cabalidad. Puebla y los poblanos no merecen que los políticos sigan atropellando los derechos humanos de sus ciudadanos. La libertad de prensa fue mancillada cuando se conocieron públicamente aquellas grabaciones entre el empresario Kamel Nacif  y Mario Marín Torres para darle “un coscorrón” a la periodista Lydia Cacho Ribeiro. Esperemos que en el futuro la memoria no sea tan corta y olvido tan largo. Puebla necesita un cambio y una forma de conseguirlo es diciendo ¡ya basta! La historia juzga y, en este caso, el Góber Precioso está siendo juzgado. Porque la auto exoneración que hizo en la parte final de su segundo informe de gobierno sólo amplifica la ignominia y el vituperio.
 
(PARTE 13)
ELENA
Elena llegó a su casa a eso de las 11 de la noche. Se la había pasado de maravilla debido a que había matado dos pájaros de un solo tiro, por un lado estaba la opípara comida con que se atragantó, el recuerdo de la pelea con Nora se había diluido en parte debido a ese viejo axioma de panza llena corazón contento, además, el hombre era un buen conversador sólo interrumpido por pequeños silencios en los que se encorvaba hacia delante con una mano sobre el abdomen. Ella lo escuchó mientras deglutía un pedazo de bistec. Tenía la costumbre de no hablar cuando comía, tal vez intuyendo que si descuidaba su carne, ésta se esfumaría de sus manos y se quedaría con el estómago de farol.
            —¿Y entonces en que estás trabajando ahora? —le preguntó el hombre entre una porción de frijoles y un trozo de bistec que ella sostenía con el tenedor. Elena se lo llevó a la boca y comenzó a masticar como siempre, muy lentamente. Clavó sus ojillos en los ojos de él. Le daba un poco de vergüenza que la viera comer ya que él sólo había ordenado una ensalada de frutas que no había tocado y un vaso con agua. Elena creyó al principio, que a pesar de verlo tan trajeado y conduciendo un bmw, parecía no tener un quinto en la cartera por lo que había pedido, pero luego dedujo que en verdad el hombre estaría pasando un trago amargo con esos pequeños espasmos en su panza. Y si no, pues en verdad no le importaba, porque aún recordaba que él la había engañado al darle una dirección falsa y por eso no pudo encontrarse con el senador Xavier Beltrán. Así que sin pena siguió comiendo. El hombre habló de nuevo:
            —Entonces, ¿me vas a decir en que reportaje estás trabajando ahora?
            —¿Por qué la pregunta? —contestó cuando hubo pasado el bocado.
            —Por curiosidad.
            Elena cortó otro trozo de bistec.
            —¿Cómo dices que se llama esta carne?              
            El hombre la miró y pareció desesperarse pero Elena no estaba dispuesta a soltar una prenda que aún no había conseguido para el Imparcial como era la entrevista que tenía que hacerle al señor Hernández.
            —Se llama “T bone” —contestó indulgentemente el hombre.
            —Ah... pues está muy gorda y muy rica —Elena soltó una especie de risa que se ahogó junto con otra dentellada. El hombre giró la cabeza hacia una de las vitrinas del restaurante—. Me creerás que nunca había venido a un lugar de estos —agregó con la boca llena.
            El hombre sonrió al tiempo que preguntaba:
            —¿A un vips? ¿En serio?
            Elena ya no le contestó porque estaba engullendo otro pedazo de carne.
            El hombre continuó:
            —Me estás tomando el pelo, ¿verdad?
            Elena no tenía intención de entrar en ese momento en una polémica sobre sus gustos culinarios y los lugares donde había comido. Tragó el bocado entero al tiempo que argumentó descuidadamente:
            —¿Te parece raro que nunca haya venido a uno de estos lugares? ¿En verdad te parece raro? ¿Por qué?
            El hombre pareció pasar un poco de saliva. De seguro le estaba dando otro retortijón.
            —No me malinterpretes. No fue mi intención ofenderte. Pero es que... un vips es un vips.
            —¿Y eso que significa? —preguntó rápidamente Elena antes de llevarse otro bocado.
            El hombre quedó pensativo, pareciera que meditaba con más cuidado esta respuesta:
            —Nada —hizo una pausa—. Sólo es que...
            —¿Que no estás acostumbrado? —lo interrumpió Elena.
            Hubo un silencio en el que sólo se escuchaba el murmullo de las personas que ocupaban las otras mesas. Elena cortó otro pedazo de carne al tiempo que subía la mirada y por una fracción de segundos creyó que él la estaba observando detenidamente. El hombre desvió la mirada al tiempo que se topó con la de ella.
            —¿Quieres otra cosa?
            Elena lo miró con una profundidad que muy raras veces le salía.
            —Sugiéreme un postre —pidió.
            El hombre llamó a la mesera:
            —Señorita, tráigame un bavaroise de castañas.
            La mesera apuntó y se retiró.
            —Se ve que eres bien fino.
            Por primera vez la cara del sujeto pareció adquirir otra tonalidad.
            —¿Entonces no me vas a decir en que estás trabajando ahora?
            —No.
            El hombre no tuvo más remedio que ceder un poco:
            —Tal vez te pueda ayudar.
            Elena terminó el último bocado del plato y dejó los cubiertos a un lado. Tomó la servilleta de papel y se limpió la comisura de los labios. Parecía no entender la implicación de esa propuesta. En ese momento apareció la mesera llevándole su postre de castañas. Lo depositó frente a ella
            —¿Algo más que se les ofrezca?
            —Por el momento no, señorita —enfatizó el hombre para que la mesera ya no volviera más por ahí.
            —Una entrevista —dijo lentamente Elena cuando la mesera ya había desaparecido.
            —¿Qué?
            —Que necesito que me consigas una entrevista exclusiva.
            —¿Con quién?
            —Con tu jefe, el señor Hernández. Recuerda que lo prometido es...
            Pero antes de que Elena tuviera tiempo de nada, ni de escuchar el sí o el no, el hombre se levantó y echó a correr hacia los sanitarios. En verdad ese hombre estaba sufriendo pero en ese momento no le importaba mucho a Elena, el postre era su único objetivo.

Al día siguiente apareció la segunda bomba lanzada por Elena a los medios. Su artículo “Complot” en primera plana hacía un desglose pormenorizado de diferentes hechos que separadamente no parecían tener una conexión lógica, pero que si se reflexionaba un momento sobre ellos, adquirían el sesgo de una maquinación bien urdida desde las más altas esferas de la política nacional contra el país. Complot era un artículo que destapaba las cloacas donde transitaban las ratas políticas puestas al servicio de mafias innombrables y desmemoriadas. Pero esto Elena no lo sabía. Ella terminó de comer su postre y como el hombre todavía no salía de los baños, pensó que sería un desperdicio dejar viva la ensalada de frutas que el otro había pedido. Media hora después el hombre salió para pagar la cuenta y llevarla a su casa en la colonia roma.
            —¿Entonces me vas a ayudar? —preguntó Elena antes de bajarse del bmw del sujeto.
            —Veré que puedo hacer —dijo con voz adolorida el hombre.
            —Gracias —contestó Elena y se bajó. Antes de cerrar la portezuela agregó—. Ah... y deberías de ir al doctor para que te cure esos bichos.
            Un segundo después el auto arrancaba hacia Insurgentes. Elena lo miró hasta que desapareció al dar vuelta en la esquina. Entonces en vez de entrar a su edificio, se dirigió a un teléfono público que estaba en la calle de enfrente. Tenía una llamada importantísima que hacer.

(Continuará)

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