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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Yo acuso
14 de mayo del 2008
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
Gerardo Oviedo    
     
YO ACUSO
   
     
a Carlos González y Sonia Marruffo
Haikús de algunos demonios sueltos en las noticias:
   
     
     

Madre que poca
guardián de pederastas
Marín de roca.

Es falso mito
historia que avergüenza
Calderón frito.

Vende Pelón
de la nación empresas
Fox y el ratón

Vivir prohíbe
calumnia hasta en la muerte
Álvaro Uribe

Ladrando espían
con el culo empinado
Blair y Aznar pían

Coge un pepino
escoria terrorista
Bush asesino.

Italia pobre
con Berlusconi encima
nada hay que sobre

Idea calva
de mafias y cochupos
Putin no salva

Lanzando lodo
no sale del abismo
perredé todo

   
     

EXTRA: Terrible situación que genera el narcotráfico en el país. Cortan cabezas pero dan última voluntad: “Tóquenle la que más le gusta” y luego le asesinan de 60 balazos. ¿Cómo queda un cuerpo tan agujerado? ¿Habrá disfrutado su última canción? ¿Es tan fácil morir aquí en México? Y se le pide a la prensa y a la gente que denuncie lo de más abajo. Si ya se está señalado, ¿por qué no denunciar lo de más arriba? La guerra contra el narcotráfico sólo se ganará si México estuviera en otro país menos corrupto y menos pobre y humillado. La guerra contra el crimen no se gana con cárceles de máxima seguridad y penas más severas, con toques de queda y militares en la calle, sino con una repartición de la riqueza más justa. Con educación y perspectivas de una vida digna. No por podar la copa del árbol éste se endereza si creció chueco. Hay que ir a la raíz del problema. Cientos de jóvenes se meten al crimen organizado porque no hay futuro posible ante sus demandas y esto, cuanto más buscan la riqueza, más los deshumaniza. Nada más hay que abrir los diarios y contabilizar los muertos, la forma en que son ejecutados. La tortura hasta la muerte ya no basta. Ahora hay que torturar más allá de la muerte, premisa básica del nuevo criminal y lo peor: Poco a poco sus métodos nos corroen la retina y nos deshumaniza a nosotros también al ya no sorprendernos de tantas muertes hiperviolentas, cosa diaria, diría un carnicero. ¡Qué asco!

 
TODA LA RABIA DEL MUNDO
“Cada fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender.”
Charles Dickens
PARTE 45

102.
Y como toda la rabia del mundo era el punto centrífugo donde caían todos mis sentidos, había tomado un pedazo de vidrio afilado, delgado, que aún sobraba de la ventana rota y lo enterré bajo la piel de mis manos. Era como una tortura, un tormento chino, un suplicio a mi mala fortuna, a la vida tan insulsa que había llevado y de la cual quería librarme, casi como un suicidio si hubiera optado por cortar a la altura de mis muñecas, un poco más arriba. Un vidrio enterrado como los clavos de un Jesucristo moderno esperando que dejara de sangrar. Y dejó. Ya con esa cicatriz sobre mis manos decidí cambiar mi vida, en trueque, por la de todos esos paramilitares asesinos: ¡Tienes razón, Sangrías, le grité una tarde en que volvía el ex fotógrafo a fumar en su terracita mirando hacia el firmamento, todos son unos pinches avaros de mierda, no vas a conseguir nada por nosotros! ¡Ni un centavo!, grité por el mismo orificio por donde veía como de vez en cuando sacaban a pasear al Perlotas encadenado, como un Prometeo, pero sin su fuego. El Sangrías giró la cabeza desde donde iba a prender su cigarrillo y ordenó exasperado: ¡Pónganle un chingado trapo en la boca a ese gusano!, pero antes que los paramilitares llegaran a mi prisión, volví a tomar impulso: ¡Yo sé como puedes conseguir más dinero y sin esperar tanto, pinche Sangrías! ¡Yo sé cómo! Pero ya no tuve tiempo de continuar con mis gritos, dos engendros entraron a la cabaña y me llevaron arrastrando a la cama para amarrarme de nueva cuenta y silenciarme. Pero mientras me ponían un trapo con cinta en mi boca, esperaba que la semilla auditiva que había sembrado, se hubiera plantado correctamente en el cerebro del Sangrías y ahora, con un poco de abono y tiempo, esperar a que germinara como germina la avaricia en los hombres. Pero no era tan sencillo y obvio mi plan como podía parecer: acercarme al enemigo a través de la comprensión de sus necesidades y dolores. ¡No!, no iba a doblegarme tan fácil ante una salida lógica y perfectamente previsible. No me veía intentando comprender a esa bola de asesinos y más aún, dándoles la razón en sus cuestiones políticas. En sus estrategias y en sus métodos para congraciarme con ellos y que me dieran el perdón de dios, el perdón definitivo, no iba a engañarlos tan fácilmente porque sabía que eso no iba a funcionar. Lo único que quería era provocar al Sangrías cuando me llamara para explicarle qué es lo que había querido decir y por ende continuar con mi plan maestro de escape. Y así sucedió. Al día siguiente me despertaron antes del alba. Me quitaron la cinta de la boca, me desataron y luego me tomaron de los brazos, a lo cual yo me opuse con soberbia: Yo puedo sólo, no necesito de su ayuda para caminar, hijos de la chingada, les dije a los engendros. Bueno, contestaron los paramilitares encogiéndose de hombros. Salí por mi propio pie de la cabaña y ya iba encaminándome hacia  el cuartel general del Sangrías, segurísimo que estaría esperándome para que le detallara la forma de conseguir más dinero y sin esperar el botín de nuestro rescate, cuando uno de los muchachos pendejos me gritó: ¡Ey, gusano!, ¿adónde crees que vas? Yo quedé sorprendido primero y anonadado después. Como flotando en una especie de interrogación gigante. Paré en seco mi marcha: ¿No vamos con el Sangrías? No. ¿Pues a dónde me llevan?, pregunté con las cejas levantadas. ¿Pues a donde crees, gusano? ¡Ahora sí te vamos a fusilar de a de veras y no de a mentiritas como la otra vez! ¡Al fin que ya no nos sirves para nada! ¡Porque no quieren pagar ni un centavo por ti, gusano! De repente mis piernas se volvieron de gelatina, empecé a sudar como un marrano y mi pulso se aceleró como el de una gallina, casi podría jurar que vi estrellitas: Oigan, les dije con un hilito de voz, ¿me pueden tomar de nuevo de los brazos y llevarme arrastrando, podfa?
 


103.
Porque de eso se trata la tortura: la repetición, casi como el sexo, de un movimiento incesante (tener sexo a veces puede convertirse en una tortura rutinaria por falta de calentura así como torturar puede convertirse en un deseo tan grande como el sexo). Casi como las lagartijas torturadas por mi hermana Anaís cuando era pequeña y luego las quemaba. La tortura no es un engaño, es tan real como la muerte, o peor aún. Yo lo había leído muchas veces en el periódico, lo había visto tantas veces en televisión. Salía por todas partes: “Siete cuerpos fueron hallados en el interior de una camioneta, amordazados, maniatados por la espalda, con signos evidentes de tortura y con un tiro de gracia en la cabeza, la policía sospecha suicidio colectivo.”  Yo mismo lo había hecho con mi hermana Anaís cuando le daba de coscorrones porque me gustaba sentir su cráneo hueco, así como mi hermana mayor Clara lo había hecho conmigo con su indestructible manita de cochino. Torturar es tomar el control del otro y apagarlo. Así cuando los paramilitares me volvieron a amarrar al tronco para fusilarme ya casi no tuve tiempo de mirar los restos del Barcelona, que semanas a la intemperie, lo habían desfigurado todo. El Sangrías dio la orden de fuego al pelotón y las balas pasaron siseando a mi lado. De lejos creí oír el aullido del Perlotas: ¡Auuuuuuuu!, ladrándole a la luna que todavía no se metía o al alba que apenas despuntaba. El Sangrías se me acercó con una pistola, la puso en mi frente: Ahora sí, gusano, despídete del mundo. Quedó un segundo en silencio y después jaló del gatillo. Sonó clic y echó una carcajada que casi le desprende de nuevo los dientes postizos. ¡Por fin este cabrón ya se hizo en los pantalones!, coreó uno de los que habían disparado, y el pelotón echó a reír como un grupo de colegialas saltarinas. El Sangrías me miró y dijo cuando terminó de reír: No soy tan estúpido como para tragarme tus cuentos de conseguir dinero fácil, no voy a caer en tu treta que seguramente lo único que busca es dilatar tu fusilamiento, gusano. En ese momento sentí ira, sentí vergüenza, así que le dije casi escupiendo: ¡Pendejo, mátame de una vez y deja de torturarme con pendejadas! El Sangrías me miró con sus ojos milimétricos y luego echó a reír de nuevo: ¿Torturarte? ¡Torturarte!, no sabes lo que es la tortura, imbécil. Yo sí. Sólo te digo que la tercera es la vencida, ¿me entiendes? ¡Tú solito me vas a suplicar que te ejecute para liberarte de tu sufrimiento! Dio unos pasos para atrás y agregó: ¡Así como me imploró la chingada vieja de este cabrón para que lo ejecutara a la primera!, señaló con la cabeza el cuerpo del Barcelona: ¡No es cierto!, grité, ¡Raquel lo ama! ¡Raquel lo ama! Lo amaba, rezongó el Sangrías, porque fue la única que dijo que no iba a pagar ni medio centavo por su marido y que hiciéramos con él lo que quisiéramos. ¡No es cierto!, grité con más fuerza, pero el Sangrías ya se estaba alejando de mí: ¡Vámonos, soldados, dejen a este cabrón que sufra hasta que se lo coman los gusanos! Los paramilitares empezaron a caminar por el sendero que llevaba al campamento dejándome amarrado al poste: Adiós, chilletas, ahí te encargamos a tu amiguito y no lo quites los ojos de encima, dijo uno de los paramilitares que me habían sacado esa madrugada. Rieron de nueva cuenta. Luego se perdieron a lo lejos y me dejaron sólo con la compañía del montón de huesos a mi lado llamados Jaime Barcelona, el pendejo que con todos se peleaba y todas las perdía, y que por lo que había oído decirle al Sangrías, Goliath era el ganador de la apuesta sobre su muerte. Pero no pensaba en eso, sino en que mi plan estaba funcionando y no sabía ni por qué, casi como las aves que vuelan por volar nada más. Giré el rostro hacia arriba y vi como el sol empezaba a hacer estragos sobre la punta de los árboles, pensé en mis manos amarradas atrás del poste que ya principiaban a acalambrarse y, como un endemoniado, en el pedazo de vidrio que traía enterrado bajo una cicatriz que comencé a rascar con furia.
 


(Continuará la próxima semana)
 

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