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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
¡Y sin embargo se mueve!
22 de agosto del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
¡Y SIN EMBARGO SE MUEVE!
   
     
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     
a Vinik, por su cumpleaños número 13
   
     
     

Durante el X congreso nacional extraordinario del PRD, se había propuesto dar cabida para entablar diálogo con Fecal, abriendo, espuriamente, una puerta para una escisión dentro de ese partido. Por una parte, los ciudadanos que no militan en ese instituto político, se habrían sentido agraviados al demostrarse que sólo habían sido utilizados para lograr algunos fines políticos y, que las negociaciones bajo el agua, se daban como siempre, entre las cúpulas de poder, la élite gobernante y los mequetrefes políticos. Durante este enfrentamiento salieron muchos inconformes y lanzaron desplegados: Gerardo Fernández Noroña, Martí Batres, Dolores Padierna, entre otros. Y ya casi a punto de cerrar el congreso, Carlos Navarrete, coordinador de la bancada perredista en el senado, propuso que no se abriera esa puerta falsa, que daría legitimidad al gobierno federal (por lo menos durante el informe presidencial), pero el daño ya estaba hecho. Por otra parte: Y sin embargo, como una analogía burda de Galileo: ¡el movimiento se mueve! Y para muestra un botón: la próxima visita a la entidad poblana del presidente legítimo de México Andrés Manuel López Obrador confirma lo dicho. Y ahí estará todo aquel que crea que se pueden transformar las instituciones desde la propia ciudadanía. Jueves 23 de agosto: 11:00 Tlahuapan, 12:00 San Matías Tlalancaleca, 13:00 San Martín Texmelucan, 16:00 San Salvador el Verde, 17:00 San Felipe Teotlalcingo, 18:00 Chiautzingo. Viernes 24: 11:00 Tlaltenango, 12:00 San Miguel Xoxtla, 13:00 Coronango, 16:00 Cuautlancingo, 17:00 San Andrés Cholula, 19:00 Ciudad de Puebla. Sábado 25: 10:30 Nealtican, 11:30 San Nicolás de los Ranchos, 12:30 Calpan, 14:00 Domingo Arenas, 16:00 Huejotzingo, 17:00 Cuanalá, 19:00 San Pedro Cholula.  Domingo 26: 10:00 Ocoyucan, 11:00 San Gregorio Atzompa, 12:00 San Jerónimo Tecuanipan, 13:00 Santa Isabel Cholula, 16:00 Tianguismanalco, 17:00 Tochimilco y 18:00 Atlixco. Por el bien de Puebla, no faltes.

TODA LA RABIA DEL MUNDO
“La revolución no es la que crees: no es ninguna organización a la que puedas pertenecer; no es aquello por lo que das tu voto. La revolución es lo que haces desde la mañana hasta la noche; es tu forma de vivir”
Wu Ming
PARTE 13

37.
Sofía se levantó de la silla y se me fue acercando poco a poco: ¡Tú lo vas a encontrar! Había cambiado su tono de voz de nueva cuenta y la forma en que supuestamente abordaríamos la estrategia de buscar al fotógrafo desaparecido. Primero había dicho que debíamos buscarlo juntos y ahora, como un encargo marcial y porque suponer que echarse a correr en momentos de angustia conlleva culpa cuando desaparecen los güevos, ella me ordenaba que debía encontrarlo solo. ¿Y cómo le voy a hacer?, tragué saliva haciendo un gulp con la garganta que parecía un gorjeo de esos pájaros negros y horribles llamados chachalacas. Sofía se me acercó tanto que percibí su respiración como el sol matutino que entraba por la ventana de mi cuarto. La cartita amorosa que había leído ya estaba pulverizada por el sudor de mis manos: ¡No lo sé! ¡Pero espero que encuentres la forma!, dijo al mismo tiempo que me plantaba un beso en mi cachete de marrano, luego se separó: ¿Me entendiste, mi estimado? ¿Quedó claro, maestro? ¿Oye está muy lejos tu trabajo, mi amor?, me preguntaría mi novia Karla años después mientras conducía su deportivo hacia mi trabajo de mentiritas y Sofía se retiraba hacia la puerta cerrándola de golpe al finalizar sus palabras. Tal vez si no hubiéramos dado vuelta en esa calle hubiéramos encontrado algún callejón sin salida o algo que nos detuviera, pero el hasta topar con pared parecía como aquella galaxia de pecadores anónimos, interminable, infinitos. ¡Sí, está lejos mi trabajo!, contesté mientras pensaba que el fin no llega cuando ya no puedes avanzar, sino que aún sigues rodando y, aunque te estrelles contra el muro de contención, tus moléculas siguen avanzando hasta producir una explosión atómica, una reacción en cadena, nuclear, como la que se da cuando todos se enteran que te has embarrado en alguna esquina y pasarán a ofrecerte, durante tu velorio, un epítome de frases que ya no te sirven para nada. Y Karla seguía conduciendo a toda velocidad. ¡Déjame en la esquina!, le ordené cuando ya íbamos saliendo de la ciudad. Karla me miró con escepticismo: ¡Sí ya te traje tan lejos, te puedo dejar en la entrada de tu trabajo, mi amor, no hay problema!, argumentó. ¡Si, pero no!, contra argumenté con voz fría, carente de cualquier síntoma de benevolencia para defenderme con uñas y dientes de su invasión a mi privacidad, a mi espacio vital, aquel que yo consideraba el único lugar donde podía permanecer protegido sin necesidad de estar alerta: mi cama, mi aleph que había sido mancillado por mi novia. ¡Párate, que me voy a bajar!  Karla no hizo caso a mi orden. ¿Entonces te dejo aquí? ¿No quieres que te deje más cerca, mi amor? ¡No, ya te dije que no! ¿No lo entiendes? ¿No me entiendes? ¿No me escuchaste? ¡Hasta pareces estúpida, Karla! ¡Detén el auto! Ella me miró con asombrosa condescendencia y paró el auto, tal vez suponía que el primer día de trabajo era similar al primer día de escuela, cuando el niño se aferra a los padres como un condenado a muerte se aferra a los barrotes de su celda. Así lo recuerdo yo, viajando por la calle, muy temprano, con lluvia. Mi madre me había seducido con un vaso de leche y con el cuero en la mano para que me levantara temprano. Yo llevaba una sombrilla transparente y sentía angustia. Con días de anticipación ya se había decidido que estaba en edad para entrar al kinder. Y cuando mi madre me dejó en manos de miss quien sabe qué chingados, sentí cariño por el cuero y quise regresar y aferrarme a su falda para que, cuando menos, me pegara con el cinturón y seguir sintiendo la calidez del hogar. Patalee, berree y todas las eeees que puede imaginar en ese momento de suma angustia en brazos de la miss, pero mi madre no giró la cabeza para mirarme. Tiempo después intentaría explicarme el por qué no volvió el rostro. Entonces imaginé que ella debía ir llorando calle abajo. Pero jamás lo supe. En cambio con Anaís fue distinto: cuando la llevaron al kinder, un año después, en vez de aferrarse a mi madre, se aferró a su único hermano. Y no me soltó hasta que la empujé con fuerza y ella cayó de espaldas sobre su batita rosa. No sé si lloró o no, porque yo salí corriendo hacia mi saloncito y me puse a jugar con un payaso de peluche que estaba dentro, y que debía tener siglos, porque estaba todo deshilachado y sucio. ¡Está bien, mi amor, como tu digas!, dijo Karla. Me bajé de su deportivo. Ella me miró y me mandó un beso a través del cristal: ¡Te amoooo! Luego arrancó y pude ver que una calle después me seguía mirando por el espejo retrovisor: ¿Y ahora qué hago?, me pregunté cuando Karla desapareció tras un montón de autos que, metafóricamente, volaban rooodando.

38.
Perderse es bueno de vez en cuando, pero perderse sin un centavo en el bolsillo y en las afueras de la ciudad, parecía como haberse quedado en el desierto sin agua y sin fuerzas. No tenía la menor idea en donde me encontraba. Así que eché a andar por donde habíamos llegado. La ciudad se veía a lo lejos, con sus edificios repletos de cristales mohínos. La corbata que llevaba parecía una cadena que me arrastraba de nuevo hacia la ciudad, flotando entre mi pecho y el viento que oscilaba en ese páramo suburbano. ¿Cuándo es cuando había perdido mi capacidad de reaccionar con oportunidad? ¿Acaso la había tenido alguna vez? Goliath me decía que a veces me faltaba algo para enfrentar las cosas difíciles de la vida. Y se ponía como ejemplo imperecedero: Imagínate si yo me doblara cada vez que alguien se burla de mí cuando me oyen hablar, o por mis modos. Soy una mujer mucho más fuerte. Porque aguantamos más. Estamos acostumbradas al ojo lujurioso de los hombres que siempre andan juzgando nuestros traseros y tenemos que defendernos de la única forma que podemos: no haciendo caso. Aunque en el fondo todo eso nos lastima. Nos hiere. Pero tenemos un rango más amplio para soportar el dolor, en cambio tú, nomás te dicen cara de perro y ya te andas descuajaringando y eso no está bien. Te diría que fueras machín, pero también es un error, porque los machos son bien chilletas. Así que olvídate y chilla todo lo que puedas hasta sacarlo todo, hasta que olvides tu dolor. Pero el olvido no es tan sencillo, ni siquiera como lo escribiera mi hermana Anaís ese mismo día cuando murió papá y que leería en voz alta el día de su entierro: “Ahora que te descubro, papá/te cubres de tierra/afilando el olvido con tu recuerdo/hoy sé que estás muerto/y eso lo sabemos todos/y todos tarde o temprano dejaremos de extrañarte/porque el olvido es nuestro mejor consuelo.” A mi madre casi le da el soponcio con estas palabras breves, brevísimas, pronunciadas por mi hermana. La caja estaba siendo bajada y Anaís, dentro de su locura, empezó a cantar. No lloraba. Sólo parecía que elevaba sus trinos hacia el foso donde nuestro padre sería sepultado. Mi madre se desmayó y fue socorrida con una botellita de alcohol y un trapo: ¡Ay, me muero! ¡Ay, Ay, Ay! Yo estaba vuelto estatua, patidifuso, confundiéndome con las gárgolas y cruces que había a nuestro alrededor. Goliath me tomó del hombro, luego agregó: A nosotros nos enterrarán igual, manito. Así que ya no te preocupes. Tu padre ahora por fin ya no está sufriendo y tal vez se esté echando unos drinks con San Pedro. Quise decirle pendejo, insultarlo, romperle la nariz, vociferar, darle de chingadazos, pero lo único que hice fue llorar de nuevo y él me abrazó sobre su hombro para chillar más fuerte. Acabo de perder mi billetera, ¿podría prestarme para regresar en autobús a la ciudad? La señora me miró. Abrió su bolsa y sacó un billete y me lo extendió. Tenga, me dijo, y espero que no haya perdido nada importante. Luego continuó sobre la acera y dobló en la esquina. A mí ya me dolían los pies después de haber caminado un montón de calles. Pero me qué atónito cuando la mujer me había dado mucho más de lo que solicitaba. ¿Era acaso que se le ayuda más a un hombre que lleva traje y corbata que a uno que no lleva piernas y mendiga en la calle? Alguna vez vi que un alemán trajeado estaba tocando el clarinete acompañado de una grabadora afuera de un centro comercial. La gente le dejaba billetes en vez de monedas, hasta yo le dejé un billete. En cambio, otra vez vi a un violinista autóctono que deambulaba con su mujer y una pipiolera de hijos. Tocaba y pedía. Y nada. Nada de nada, ni siquiera yo. Eso estaba pensando cuando vi en una de las esquinas que había unos niños jugando. Me les acerqué y les extendí el billete recién recibido: Tengan para que se compren algo. Ellos quedaron estáticos, miraron el billete y luego me miraron a mí. De nuevo vieron el billete y luego, de improviso, echaron a correr gritando: ¡¡¡Papá, papá. Papaaaaaá, nos quieren secuestrar, papá, un loco, Papáaaa!!! No sobra decir que, aunque tuviera ampollas y los callos reventados, tuve que echarme a correr en sentido contrario de donde los niños pedían ayuda. Ches kuincles ogts.
 
39.
Pasadas las 7 de la noche llegué a casa. Mi madre no estaba y tenía el universo completo para destruirlo a mi antojo, claro, siempre y cuando ella no llegara y me recitara su eterna cantaleta sobre el trabajo y la voluntad como herramienta para alcanzar la felicidad y el triunfo: Tú estás así porque eres un webón de primera. Sí trabajaras no estarías pensado nada y serías un hombre de provecho, webón. Destruir el universo como venían mis ampollas destruyendo mis dedos patunos. Después de correr durante un par de cuadras huyendo de los gritos de los niños aterrorizados, tomé el primer autobús que pasó y me llevó hasta el final de su ruta. Caminé hacia la primera intersección entre la autopista que llevaría seguramente a Roma (al fin que dicen que todos los caminos conducen a Roma) y otra que llevaba al centro de la ciudad, ahí volví a treparme a otro autobús. Llegué al centro de la ciudad a las 7 menos 10 para ver como el cielo se convertía en una parvada de nubes oscuras.  Abordé luego otro transporte en la 45 que finalmente me dejó a tres calles de mi casa. Justo cuando las parvadas se habían evaporado en una noche inflamada de lluvia. Ahí vi la primera llamada en la contestadora que me hizo sospechar que algo no andaba bien y que mi universo tendría que esperar un rato para ser destruido: Oye, habla Rebeca ¿no está contigo mi esposo? Llámame, porfis. La segunda llamada era de Raquel, la esposa del Barcelona: ¡Dile a ese pendejo mujeriego que estoy hasta la madre de él y de todos ustedes!, luego un segundo de resoplidos y finalmente un cúmulo de silencios hasta que colgó. La tercera llamada era de Karla: ¡Espero que te haya ido súper bien en tu primer día de trabajo, mi amor! ¡Te mando muchos, muchos besos y sabes que te amo mucho! ¡Ahora sí podemos empezar a pensar en nuestro futuro, mi vida! ¡Te quiero mucho, porque me haces vibrar como nadie lo había hecho antes! ¡No se te olvide eso nunca, mi bebé! La cuarta llamada era de Goliath: Llámame... jajajaj...en cuanto puedas... jajjja. La lluvia comenzó a caer mucho más fuerte y se hizo un pequeño huracán que azotó la parte sur de la ciudad. ¿Y como voy a encontrar al pendejo fotógrafo?, me pregunté cuando iba hacia la estación de policía.  Sólo sé que le dicen el Sangrías y que ahora está chimuelo como las margaritas se quedan chimuelas ante la incertidumbre amorosa del me quiere, no me quiere de chamacas asesinas de las flores.
 
(Continuará el próximo miércoles)

 
www.radioamlo.org Y no se te olvide que el 30 de agosto te invito a la presentación del libro de Mayra Luna: "Lo peor de ambos mundos" en El Breve Espacio. 7 norte #8 a las 6 p.m. Ahí nos vemos para platicar.

   
     
     
     


   
   
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